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lunes, 16 de noviembre de 2015

Aunque te sientas
Sin fuerzas
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leyendas de jutiapa 


LEYENDAS DELA PRINCESA ATATUPA


Las aguas de la princesa Atatupa, Asuncion Mita Jutiapa, Guatemala
Los ancianos de Asuncion Mita, Jutiapa , cuentan que cerca del pueblo vivio una princesa que se llamaba Atatupa.  Segun la leyenda, esta soberana xinca, hija favorita del señor Mictlan, era pretendida por nobles de distintas regiones, pero ella no les correspondia.  Hasta que un dia se enamoro de uno que llego de tierras muy lejanas. Los amorios llegaron a oidos de su padre, quien  desaprobo la relacion, lo cual entristecio y enfermo a la princesa.  Desconsolada se fue a llorar a una fuente, y sus lagrimas dieron origen a un arrollo de aguas tibias y saladas que ahora nutren el balneario que lleva su nombre:  Atatupa.






LA LEYENDA QUE DA NOMBRE A LA CUEVA DE ANDÁ MIRÁ



Cuentan los ancianos que un noble varón se regocijaba bañándose en las aguas termales y azufradas de la cueva. En una de sus visitas divisó a una dama de belleza sin igual que opacaba hasta el sol con su brillo y con atavíos de princesa. La princesa coqueteaba con él desde la lejanía.
El varón comenzó a relatar su encuentro presumiendo sobre cómo coqueteaba con él la hermosa dama. Como muy pocos creían su relato él les decía: "Es ahí en la cueva, si no me creés, andá mirá".
La Llorona
Dentro de las tradiciones orales mitecas no podía faltar este personaje, uno de los más
importantes dentro de la oralidad guatemalteca. Aunque como es de suponerse acá
aparece con algunos rasgos distintos a los de otras regiones del país.
Se cuenta que la Llorona era una mujer muy bella, joven, casada y de noble familia. Su
esposo constantemente se mantenía atendiendo negocios en el interior del país. Con el
paso del tiempo la bella dama se enamoró de un forastero y de esos amoríos nació un
niño. Cuado se acercó el tiempo en el cual el marido regresaría, la mujer desesperada
por la presencia del niño, decidió deshacerse de él. Se dice que lo ahogó en uno de los
ríos de la región. Pero con el tiempo, llena de remordimientos por lo que hizo
enloqueció y su alma se perdió en el tiempo buscando a su hijo muerto, repitiendo la
frase ¡hay mi hijo!.
“Cuentan que la Llorona llora por su hijo y que pasa a las meritas doce de la
noche, en la aldea San Joaquín por un callejón salía la Llorona, las personas
salían a ver si estaba allí pero no miraban nada, cuando lloraba lejos estaba
cerca y cuando lloraba cerca esta lejos; por eso la gente se asustaba mucho por
eso sale en un callejón oscuro”
El Sisimite o Duende
Es una variante de El Sombrerón de la región central. Los mayores lo describen como
un hombre de baja estatura, que siempre lleva puesto un enorme sombrero, similar al
que usan los charros mexicanos. Gusta de visitar por las noches los lugares en donde
hay ganado caballar y por lo general siempre escoge los mejores ejemplares. Les
trenza las crines para que le sirva de estribos y luego los cabalga. Luego de montarlos
se pone a correrlos en los potreros y los corrales y cuando es sorprendido suelta una
risa chillona y burlesca y desaparece. Se alimenta de ceniza y tiene los pies para atrás,
seduce a las mujeres bonitas de la región que tengan el pelo largo para trenzarlo, si
ellas acceden a su deseo él las posee haciéndolas sus esclavas, y si no le son fieles
Tradición oral y vigencia de los mitos en el lago de Güija, Asunción Mita, Jutiapa
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les araña la cara y las golpea. La única manera de dejarlo ir es pedirle que acarree
agua en una red, y si él no puede hacerlo, él mismo se ve en la obligación de retirarse.
Refieren que en La Cantiada también se le conoce al sombrerón con el sobrenombre
de “mero colochudo”, pero los entrevistados no supieron explicar porque se le dice de
esa manera.
En la República de El Salvador, se suele conocer con el nombre de Sipitio al
Sombrerón. La tradición oral lo presenta como hijo de la Siguanaba con el diablo.
Debido a la cercanía de ese país con el municipio de Asunción Mita, no es de
extrañarse que acá también se le conozca con el referido nombre. Un ejemplo de ello
se encuentra en lo narrado por un niño en la aldea San Joaquín:
“Había una vez un hombre que le llamaban el Sipitio, salía por las noches y asustaba a
la gente y era muy pequeño, se decía que era hijo de la Siguanaba y el diablo, era muy
malo la gente al verlo salía corriendo de miedo. Era un espíritu muy malo y era muy
pequeño y usaba un sombrero muy grande”. 





LA SIGUANABA


Sihuahet era una hermosa mujer.
De la cual todos los indios y principalmente los caciques se habían enamorado.
Cuando Sihuahuet cumplió alrededor de dieciocho años, un emisario del cacique de mayor jerarquía de la región, se dirigió a ella indicándole que había sido elegida para ser esposa de su jefe. Sihuahuet rehusó aceptarlo porque su corazón le pertenecía a otro hombre, además el cacique en cuestión era cuarenta años mayor que ella.
Al saber aquel poderoso hombre la decisión de Sihuahuet, decidió vengarse y envió a uno de sus guerreros a darle muerte al joven enamorado de Sihuahuet y a ella la mantuvo cautiva en una cueva hasta que un shaman por medio de un hechizo maligno la convirtió en una mujer fea y despreciable. Su cara fue deformada, sus pechos crecieron hasta rozar sus pies y aquella piel tersa y hermosa se había arrugado casi por completo. Desde ese entonces ella se pasea angustiosa por la orilla de los ríos y las quebradas, intentando volver a ver al joven que tanto amo y arrastrando sus pechos en las piedras.
Otra versión cuenta que fue su propia vanidad la que le convirtió de Sihuahuet (mujer bella) a Siguanaba (mujer horrenda). Incluso existe una tercera versión que hace alusión a las torturas y prisión que sufrió aquella desventurada joven por parte del tirano que nunca pudo obtener su amor



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EL PESCADOR DE MARAVILLAS


Antonio se sumergió ruidosamente en las oscuras aguas de la laguna. En mitad de la misma meciase blandamente sobre las aguas la minúscula y frágil estructura de un bote a remos. Durante un breve lapso permaneció Antonio bajo las aguas, sin embargo volvió a emerger prontamente asiéndose al bote. Tomó aire e inicio nuevamente su abrupto descenso a las profundidades continuando con su premiosa actividad. Ya no eran frecuentes en la región de los grandes lagos los pescadores de maravillas como Antonino, Antonio se centró en recuperar el ánimo y continuó descendiendo. En otro orden de cosas, Ebelinda, su hija, presintió que algo horrible le había ocurrido a su padre aquella noche, aguardó al amanecer y cuando el primer pespunte del alba puso su nota de color sobre las copas de lo árboles, corrió a orillas de la laguna. Interrogó Ebelinda a los muchachos del embarcadero, pero negaron haber visto nada. Finalmente cesó su incesante búsqueda regresando junto a su madre, la cual estaba ya al tanto de los acontecimientos y sufría enormemente por la pérdida de Antonio. A finales del otoño decidieron abandonar la región y trasladarse a la ciudad, aunque no dejó Ebelinda de alimentar la vaga esperanza de recuperar algún día a su padre, al que tanto amaba. Tenía este los cabellos oscuros y la sonrisa amplia. Colmaba el ardoroso marino a Ebelinda de grandes atenciones, pero en modo alguno lograba el marino despertar idéntico amor en su esposa; de modo que ambos se fueron distanciando a medida que el tiempo transcurría. Decidió entonces el joven desembarazarse de su esposa definitivamente y puesto que la situación se había vuelto insostenible, abandonó la casa que ambos compartían, tomando por esposa a una mujer distinta, pensando obviamente que esta le colmaría de las muchas alegrías de las que Ebelinda no había sabido colmarle. Por su parte Ebelinda regresó a la laguna. El oculto deseo de volver a ver con vida a su padre la había transformado en una mujer de aspecto triste y desesperanzado. Su madre había muerto hacía más bien poco, lo que acentuaba una sorda soledad a la que parecía estar condenada. Vagó aquel mismo día por las riberas de la laguna, quizás en espera de volver a recuperar los otrora tiempos mejores. Ya nadie habitaba aquella vasta región. Atravesó el corto tramo que la separaba del embarcadero, con la segura esperanza de vislumbrar la imagen de su padre, a quien aún soñaba poder alcanzar. Llevaba el cabello recogido y el torso desnudo. Ebelinda sonrió felizmente al verle. construir con manos hábiles una simple tablazón que reforzó con clavos y arcilla por la que descendería; no ignoraba el pescador de maravillas que la tarde no representaba más que un brevísimo paréntesis y llegada la noche éste habría de volver, pues el mundo de los ausentes y en especial el de los ahogados no permite más que un corto viaje al universo pretérito de sus allegados ¡Pero, qué triste le resultaba al pescador de maravillas observar el candoroso rostro de Ebelinda! Quebrantar sus esperanzas suponía para Antonio una gran desazón. Hubo de explicarle Antonio que pronto se marcharía y que todo aquello no representaba si no una porción mínima de lo que aún le quedaba a Ebelinda por vivir. Ésta se negó enérgicamente a creer lo que su padre trataba de explicarle y huyó al bosque cercano, ocultándose, pues la más honda de las tristezas la embargaba y no sentía deseo alguno de volver. La noche prorrumpió pausada, con una exacerbada lentitud que lo invadió todo por completo. No respiraba, pues había muerto también ella al igual que su padre, envuelta en el más absoluto misterio. En sus labios dibujábase una sonrisa trágica y dulce. Su rostro lo maquillaba un candor cercano al templado color de la piel de las manzanas.





VIVÍA EN UN PUEBLO UNA MUCHACHA MUY BONITA


Vivía en un pueblo una muchachita muy bonita pero tan bonita, que tres hermanos comenzaron a enamorarla. Ella los oyó a los tres y no sabía cómo decirles que no sin que se pelearan. Esto fue lo que se le ocurrió al fin:
Llegó el mayor a declararle su amor.
¿De veras me quieres tanto? —le preguntó.
Ay, niña. Tanto te quiero, tanto, que haría cualquier cosa que me pidieras.
Bueno. ¿Irías a cuidar a un muerto en el cementerio?
Sí.
Ven en la noche, el muerto estará listo, lo llevarás al camposanto.
Bueno.
Al rato llegó a declararse el segundo hermano.
Haría lo que me pidieras, para que supieras cuánto me gustas.
¿De veras?
Claro.
Pues esta noche harás como si fueras muerto.
Aceptó y le tomaron las medidas para hacerle su caja.
El tercer hermano llegó más tarde.
Ay, niña, eres mi amor. Haría por ti lo que me ordenaras.
¿Harías de diablito?
De lo que pidas y mandes.
Lo citó para la noche.
Cuando llegó el que iba a hacer de muerto, lo amortajaron y lo metieron al ataúd.
Al rato llegó el que debía cuidarlo: le dio cuatro cirios y lo mandó al panteón con el difunto a velarlo.
Al más chico lo vistieron con un traje cubierto de latas agujeradas. Cada lata llevaba una vela encendida dentro. Le pusieron cuernos. Salió lanzando destellos y chispas; tintineaba al caminar.
¿Y qué debo hacer? —preguntó.
Ve al panteón y te pones a dar de brincos.
Llegó al panteón y, aunque con miedo, comenzó a saltar.
¡Ave María Santísima, qué es eso! —gritó el que estaba velando. Se echo a correr.
¡Jam, un diablo! —gritó el muerto y escapó.
¡Un muerto que corre! —gritaba el diablito al emprender la huida.
El primero volteaba y veía que lo perseguían. No paró hasta llegar a su casa. Se aventó a su hamaca.
El segundo, para escapar del diablo, se escondió en la misma hamaca.
El diablo, con el susto, ni vio que el muerto venía delante de él, se fue a encontrarlo en su mismísima hamaca.
Cuando se dieron cuenta de la broma y de su miedo, dejaron en paz a la muchacha: ni la volvieron a ver; ni adiós le dijeron.