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lunes, 16 de noviembre de 2015

Aunque te sientas
Sin fuerzas
Recuerda que cada día
Puede ser el comienzo de
Algo maravilloso
¡!!No te rindas!!!


EL PESCADOR DE MARAVILLAS


Antonio se sumergió ruidosamente en las oscuras aguas de la laguna. En mitad de la misma meciase blandamente sobre las aguas la minúscula y frágil estructura de un bote a remos. Durante un breve lapso permaneció Antonio bajo las aguas, sin embargo volvió a emerger prontamente asiéndose al bote. Tomó aire e inicio nuevamente su abrupto descenso a las profundidades continuando con su premiosa actividad. Ya no eran frecuentes en la región de los grandes lagos los pescadores de maravillas como Antonino, Antonio se centró en recuperar el ánimo y continuó descendiendo. En otro orden de cosas, Ebelinda, su hija, presintió que algo horrible le había ocurrido a su padre aquella noche, aguardó al amanecer y cuando el primer pespunte del alba puso su nota de color sobre las copas de lo árboles, corrió a orillas de la laguna. Interrogó Ebelinda a los muchachos del embarcadero, pero negaron haber visto nada. Finalmente cesó su incesante búsqueda regresando junto a su madre, la cual estaba ya al tanto de los acontecimientos y sufría enormemente por la pérdida de Antonio. A finales del otoño decidieron abandonar la región y trasladarse a la ciudad, aunque no dejó Ebelinda de alimentar la vaga esperanza de recuperar algún día a su padre, al que tanto amaba. Tenía este los cabellos oscuros y la sonrisa amplia. Colmaba el ardoroso marino a Ebelinda de grandes atenciones, pero en modo alguno lograba el marino despertar idéntico amor en su esposa; de modo que ambos se fueron distanciando a medida que el tiempo transcurría. Decidió entonces el joven desembarazarse de su esposa definitivamente y puesto que la situación se había vuelto insostenible, abandonó la casa que ambos compartían, tomando por esposa a una mujer distinta, pensando obviamente que esta le colmaría de las muchas alegrías de las que Ebelinda no había sabido colmarle. Por su parte Ebelinda regresó a la laguna. El oculto deseo de volver a ver con vida a su padre la había transformado en una mujer de aspecto triste y desesperanzado. Su madre había muerto hacía más bien poco, lo que acentuaba una sorda soledad a la que parecía estar condenada. Vagó aquel mismo día por las riberas de la laguna, quizás en espera de volver a recuperar los otrora tiempos mejores. Ya nadie habitaba aquella vasta región. Atravesó el corto tramo que la separaba del embarcadero, con la segura esperanza de vislumbrar la imagen de su padre, a quien aún soñaba poder alcanzar. Llevaba el cabello recogido y el torso desnudo. Ebelinda sonrió felizmente al verle. construir con manos hábiles una simple tablazón que reforzó con clavos y arcilla por la que descendería; no ignoraba el pescador de maravillas que la tarde no representaba más que un brevísimo paréntesis y llegada la noche éste habría de volver, pues el mundo de los ausentes y en especial el de los ahogados no permite más que un corto viaje al universo pretérito de sus allegados ¡Pero, qué triste le resultaba al pescador de maravillas observar el candoroso rostro de Ebelinda! Quebrantar sus esperanzas suponía para Antonio una gran desazón. Hubo de explicarle Antonio que pronto se marcharía y que todo aquello no representaba si no una porción mínima de lo que aún le quedaba a Ebelinda por vivir. Ésta se negó enérgicamente a creer lo que su padre trataba de explicarle y huyó al bosque cercano, ocultándose, pues la más honda de las tristezas la embargaba y no sentía deseo alguno de volver. La noche prorrumpió pausada, con una exacerbada lentitud que lo invadió todo por completo. No respiraba, pues había muerto también ella al igual que su padre, envuelta en el más absoluto misterio. En sus labios dibujábase una sonrisa trágica y dulce. Su rostro lo maquillaba un candor cercano al templado color de la piel de las manzanas.





VIVÍA EN UN PUEBLO UNA MUCHACHA MUY BONITA


Vivía en un pueblo una muchachita muy bonita pero tan bonita, que tres hermanos comenzaron a enamorarla. Ella los oyó a los tres y no sabía cómo decirles que no sin que se pelearan. Esto fue lo que se le ocurrió al fin:
Llegó el mayor a declararle su amor.
¿De veras me quieres tanto? —le preguntó.
Ay, niña. Tanto te quiero, tanto, que haría cualquier cosa que me pidieras.
Bueno. ¿Irías a cuidar a un muerto en el cementerio?
Sí.
Ven en la noche, el muerto estará listo, lo llevarás al camposanto.
Bueno.
Al rato llegó a declararse el segundo hermano.
Haría lo que me pidieras, para que supieras cuánto me gustas.
¿De veras?
Claro.
Pues esta noche harás como si fueras muerto.
Aceptó y le tomaron las medidas para hacerle su caja.
El tercer hermano llegó más tarde.
Ay, niña, eres mi amor. Haría por ti lo que me ordenaras.
¿Harías de diablito?
De lo que pidas y mandes.
Lo citó para la noche.
Cuando llegó el que iba a hacer de muerto, lo amortajaron y lo metieron al ataúd.
Al rato llegó el que debía cuidarlo: le dio cuatro cirios y lo mandó al panteón con el difunto a velarlo.
Al más chico lo vistieron con un traje cubierto de latas agujeradas. Cada lata llevaba una vela encendida dentro. Le pusieron cuernos. Salió lanzando destellos y chispas; tintineaba al caminar.
¿Y qué debo hacer? —preguntó.
Ve al panteón y te pones a dar de brincos.
Llegó al panteón y, aunque con miedo, comenzó a saltar.
¡Ave María Santísima, qué es eso! —gritó el que estaba velando. Se echo a correr.
¡Jam, un diablo! —gritó el muerto y escapó.
¡Un muerto que corre! —gritaba el diablito al emprender la huida.
El primero volteaba y veía que lo perseguían. No paró hasta llegar a su casa. Se aventó a su hamaca.
El segundo, para escapar del diablo, se escondió en la misma hamaca.
El diablo, con el susto, ni vio que el muerto venía delante de él, se fue a encontrarlo en su mismísima hamaca.
Cuando se dieron cuenta de la broma y de su miedo, dejaron en paz a la muchacha: ni la volvieron a ver; ni adiós le dijeron.




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