Aunque te sientas
Sin fuerzas
Recuerda que cada día
Puede ser el comienzo de
Algo maravilloso
¡!!No te rindas!!!
EL PESCADOR DE MARAVILLAS
Antonio se sumergió
ruidosamente en las oscuras aguas de la laguna. En mitad de la misma meciase blandamente sobre las aguas la minúscula y frágil
estructura de un bote a remos. Durante un breve lapso permaneció Antonio bajo
las aguas, sin embargo volvió a emerger prontamente asiéndose al bote. Tomó aire e inicio
nuevamente su abrupto descenso a las profundidades continuando con su premiosa actividad.
Ya no eran frecuentes en la región de los grandes lagos los pescadores de
maravillas como Antonino, Antonio se centró en recuperar el ánimo y continuó
descendiendo. En otro orden de cosas, Ebelinda, su
hija, presintió que algo horrible le había ocurrido a su padre aquella noche,
aguardó al amanecer y cuando el primer pespunte del alba puso su nota de color
sobre las copas de lo árboles, corrió a orillas de la laguna. Interrogó Ebelinda a los muchachos del embarcadero, pero
negaron haber visto nada. Finalmente cesó su incesante búsqueda regresando
junto a su madre, la cual estaba ya al tanto de los acontecimientos y sufría
enormemente por la pérdida de Antonio. A finales del otoño decidieron abandonar
la región y trasladarse a la ciudad, aunque no dejó Ebelinda de alimentar la vaga esperanza de
recuperar algún día a su padre, al que tanto amaba. Tenía este los cabellos oscuros
y la sonrisa amplia. Colmaba el ardoroso marino a Ebelinda de grandes atenciones, pero en modo
alguno lograba el marino despertar idéntico amor en su esposa; de modo que
ambos se fueron distanciando a medida que el tiempo transcurría. Decidió entonces
el joven desembarazarse de su esposa definitivamente y puesto que la situación se había
vuelto insostenible, abandonó la casa que ambos compartían, tomando por esposa
a una mujer distinta, pensando obviamente que esta le colmaría de las muchas
alegrías de las que Ebelinda no había sabido colmarle. Por su parte Ebelinda regresó a la laguna. El oculto deseo de volver a ver con vida a su
padre la había transformado en una mujer de aspecto triste y desesperanzado.
Su madre había muerto hacía más bien poco, lo que acentuaba una sorda soledad a
la que parecía estar condenada. Vagó aquel mismo día por las riberas de la
laguna, quizás en espera de volver a recuperar los otrora tiempos mejores. Ya
nadie habitaba aquella vasta región. Atravesó el corto tramo que la separaba
del embarcadero, con la segura esperanza de vislumbrar la imagen de su padre, a
quien aún soñaba poder alcanzar. Llevaba el cabello recogido y el torso
desnudo. Ebelinda sonrió felizmente al verle. construir
con manos hábiles una simple tablazón que reforzó con clavos y arcilla por la
que descendería; no ignoraba el pescador de maravillas que la tarde no representaba más que un brevísimo paréntesis y llegada la noche éste
habría de volver, pues el mundo de los ausentes y en especial el de los ahogados
no permite más que un corto viaje al universo pretérito de sus allegados ¡Pero,
qué triste le resultaba al pescador de maravillas observar el candoroso rostro
de Ebelinda! Quebrantar sus esperanzas
suponía para Antonio una gran desazón. Hubo de explicarle Antonio que pronto se
marcharía y que todo aquello no representaba si no una porción mínima de lo que aún
le quedaba a Ebelinda por vivir. Ésta se negó enérgicamente a creer lo que su padre trataba de
explicarle y huyó al bosque cercano, ocultándose, pues la más honda de las
tristezas la embargaba y no sentía deseo alguno de volver. La noche prorrumpió
pausada, con una exacerbada lentitud que lo invadió todo por completo. No
respiraba, pues había muerto también ella al igual que su padre, envuelta en el
más absoluto misterio. En sus labios dibujábase una sonrisa trágica y dulce. Su rostro
lo maquillaba un candor cercano al templado
color de la piel de las manzanas.
VIVÍA EN UN PUEBLO
UNA MUCHACHA MUY BONITA
Vivía en un pueblo una
muchachita muy bonita pero tan bonita, que tres hermanos comenzaron a
enamorarla. Ella los oyó a los tres y no sabía cómo decirles que no sin que se
pelearan. Esto fue lo que se le ocurrió al fin:
Llegó el mayor a declararle
su amor.
¿De veras me quieres tanto?
—le preguntó.
Ay, niña. Tanto te quiero,
tanto, que haría cualquier cosa que me pidieras.
Bueno. ¿Irías a cuidar a un
muerto en el cementerio?
Sí.
Ven en la noche, el muerto
estará listo, lo llevarás al camposanto.
Bueno.
Al rato llegó a declararse
el segundo hermano.
Haría lo que me pidieras,
para que supieras cuánto me gustas.
¿De veras?
Claro.
Pues esta noche harás como
si fueras muerto.
Aceptó y le tomaron las
medidas para hacerle su caja.
El tercer hermano llegó más
tarde.
Ay, niña, eres mi amor. Haría
por ti lo que me ordenaras.
¿Harías de diablito?
De lo que pidas y mandes.
Lo citó para la noche.
Cuando llegó el que iba a
hacer de muerto, lo amortajaron y lo metieron al ataúd.
Al rato llegó el que debía
cuidarlo: le dio cuatro cirios y lo mandó al panteón con el difunto a velarlo.
Al más chico lo vistieron
con un traje cubierto de latas agujeradas. Cada lata llevaba una vela encendida
dentro. Le pusieron cuernos. Salió lanzando destellos y chispas; tintineaba al
caminar.
¿Y qué debo hacer? —preguntó.
Ve al panteón y te pones a
dar de brincos.
Llegó al panteón y, aunque
con miedo, comenzó a saltar.
¡Ave María Santísima, qué es
eso! —gritó el que estaba velando. Se echo a correr.
¡Jam, un diablo! —gritó el
muerto y escapó.
¡Un muerto que corre!
—gritaba el diablito al emprender la huida.
El primero volteaba y veía
que lo perseguían. No paró hasta llegar a su casa. Se aventó a su hamaca.
El segundo, para escapar del
diablo, se escondió en la misma hamaca.
El diablo, con el susto, ni
vio que el muerto venía delante de él, se fue a encontrarlo en su mismísima
hamaca.
Cuando se dieron cuenta de
la broma y de su miedo, dejaron en paz a la muchacha: ni la volvieron a ver; ni
adiós le dijeron.


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